«Los perros que salvaron mi vida» regresa al Círculo Teatral

Hay obras que regresan porque el público las pide. Otras vuelven porque todavía tienen algo urgente que decir. Los perros que salvaron mi vida, escrita y protagonizada por Alan Blasco, pertenece a ambas categorías. Tras dejar una profunda huella en espectadores que han encontrado en esta historia un espejo de sus propias heridas, la puesta en escena inicia una nueva temporada en El Círculo Teatral, reafirmando su lugar como una experiencia íntima, conmovedora y necesaria.

Más que una obra sobre perros, Los perros que salvaron mi vida es una confesión escénica sobre la pérdida, la salud mental, el duelo, la redención y la ternura como forma de resistencia. La historia es narrada desde la mirada de RUFO, un perro mestizo inspirado en Medusa, la perra real de Alan Blasco. Desde esa perspectiva inocente, leal y libre de juicio, el público acompaña a Aarón, alter ego del autor, en un viaje emocional donde el dolor no se esconde, pero tampoco se convierte en melodrama.

En esta nueva etapa, la obra regresa con más fuerza y con una madurez escénica construida a partir del encuentro con el público. Su esencia minimalista se mantiene, pero cada función profundiza en la conexión emocional con los espectadores. La dirección de Estefanía Norato y Abigail Pulido apuesta por una teatralidad honesta, contenida y profundamente humana, donde la palabra, el cuerpo, la música y el silencio construyen una experiencia de catarsis.

RUFO es el símbolo de una comprensión sin juicios, que ve el alma tal cual es, más allá de errores o apariencias”, comparte Estefanía Norato.

Por su parte, Abigail Pulido señala: “Al narrar desde el ángulo del perro, el dolor de Aarón se baña de compasión absoluta: solo estar, sin consecuencias ni condenas, como solo los animales saben hacerlo. Eso equilibra y eleva toda la puesta en escena”.

La música original de Ana Tiaré funciona como un personaje más dentro de la puesta en escena. Sus melodías acompañan la alegría ingenua, el lamento sutil y los momentos de introspección sin sobrecargar la emoción. A ello se suma la escenografía minimalista de Edgar Mora, que transforma lo simple en un espacio simbólico donde la memoria, la ausencia y el amor encuentran una forma sensible de hacerse presentes.

Para Alan Blasco, autor y protagonista, esta obra nació como un acto de amor, pero también como un proceso de reparación personal. “Esta obra nació para exorcizar mis demonios y honrar a Medusa. La primera temporada fue cruda y luminosa a la vez; ahora, en esta nueva etapa, habito un espacio aún más poético y apacible. Es una oda al amor incondicional, contada con inocencia, donde el lenguaje se vuelve más suave pero igual de poderoso. Invita a cuestionar prejuicios, miedos y a redescubrir la capacidad de amar y perdonar”.

Sin embargo, esta temporada también marca un impulso mayor: convertir el teatro en un acto de responsabilidad social. En palabras del propio Alan Blasco: “Esta vez tomo el teatro con una razón social poderosa y profunda: darle voz a los que no tienen voz”.

Desde su primera temporada, Los perros que salvaron mi vida ha estado vinculada con La Fundación El Amor de Atenas y el Refugio Dejando Huella, un proyecto de rescate animal relacionado con un refugio enfocado en perros y gatos. Ubicada en Calimaya, Toluca, la fundación alberga actualmente a más de 50 animales que necesitan alimento, atención, cuidados, donaciones en especie, apoyo económico y, sobre todo, familias responsables que les brinden una nueva oportunidad de vida.

A través de la obra, Blasco ha convertido el escenario en un escaparate de visibilización para fomentar donaciones, difundir a los animales que buscan hogar y convocar a colegas, maestros, artistas y personas del medio que se han sumado generosamente a esta causa. Así, la puesta en escena trasciende la función teatral para convertirse en una plataforma sensible de conciencia y acción.